El Espejo de Tinta

Reflejos desde la página
LA LITERATURA: ¿UN JUEGO DE ESPEJOS?

 

Toda luna de cristal refleja. Reflejar: una de las tantas maneras de representar, de mostrar. Cualquier cosa, objeto visible o invisible, virtual, visual o  imaginario, al dejarse especular, mostrándose, reflejado o no, se (nos) convierte en imago. Arrojados en una existencia sobrepoblada de infinitudes de imágenes, rodeados por otra infinitud: los espejos apostados en cada recoveco de nuestra travesía, donde infinitamente son re-presentadas, vivimos sometidos por el trafago incesante de lo aparente. Consecuencia, legado o manía de narcisos: estar siempre especulando. Consciente o inconsciente y consecuentemente también, queriéndolo o no, la vida y sus candilejas nos convierten en consumidores y ¿por qué no? en depredadores de imágenes. Si no existen, esa manía nos llevará a crear otros reverberos. ¿El objeto? Saciar nuestra insaciable sed, incondicionalidad por las representaciones. Interminable trilla. Incluso nosotros mismos somos y si no, nos convertimos en figura, reflejo… representación de otros, a su vez: figura, reflejo… representación de otros otros, cuya apariencia (imagen) siempre intentaremos atrapar y mostrar, aunque seamos así mismo los cristales desde donde esas figuras (las nuestras y las de los otros) por otros serán especuladas. Tener el privilegio, el poder de mostrar todas las apariencias del mundo, más allá de la especulación que de lo mostrado o el reflejo mismo pudiera permitir, diríase aquí, acaso sea el deseo del poseedor de un único, codiciado espejo, quizás semejante al de tinta descrito magistralmente en el breve relato borgiano. Coincidentemente, la literatura, su sinuoso y misterioso azogue mediante, transfigurase en un inmenso y plural foco, conjunción, confluencia de infinitas tramas urdidas en cualquier lengua por la sensibilidad de cada autor extraviado y atrapado en el enmarañado e infinito bosque de palabras, cuando tras encender su ingenio intenta aprehender y mostrar alguna estancia (de ellos o del mundo), apariencial o no, llegando inclusive hasta ficcionarla, y por eso, por las maravillas encontradas al adentrarse en esos aposentos de la imaginación, la rueca, cual cinematógrafo mágico, reproduce las imágenes halladas en la urdimbre lecto-escritural, bien sea tejidas de oralidad o de grafía devenida escritura. Esa textualidad, no siempre literatura, parte inseparable de nuestra “realidad” desde el matinal momento de comenzar a trazar nuestros primeros temblorosos e iniciaticos palotes, a veces una bella arte, ya sea vertida en garabatos: signos, trazos de grafito o de tinta, se mostrará así misma convertida en el espéculo donde se vislumbra reluciente lo aprehendido luego de su derrame sobre la alba aridez de la página. El ritual de verter el conocimiento, aunque lo fijado al derramarse sea un (des)conocimiento o una ficción de quienes escriben, da lugar y se convierte, leído por otros, en un cruce de reflejos, permitiéndonos conocer las creaciones: especulaciones, divagaciones racionales o irracionales de aquellos cazadores de imágenes, mariposas, cuyo delicuescente vuelo traspasa la realidad tras ser contenido en el sutil azogue: tejido verbal u oral, cuyo sustrato visible es esa escritura ya convertida en reflexión, narración, descripción o poesía. Revés o envés, inseparable reverso de la literatura, la escritura se convierte en espejo de ella misma. Quien oficia de escritor mas no de escribiente, reitera la manía de Narciso y mira, conscientemente o no, lo escrito por quienes se han adentrado antes en el bosque intertextual y se reconoce en esos reflejos. Especie de retrato, las imágenes atrapadas entre líneas, dan a la literatura un brillo especular: Destello de una manera, particular, personalísima, de ser en el mundo: La de quien vierte sus visiones, vivencias, meditaciones, reflejo de las reflexiones de otros, incluso a veces su vitalidad misma en una obra literaria, dejando chorrear su trazo existencial, su vida y su sangre en la página en blanco. Al escribir sobre los escritos de otros autores, el oficiante convierte la literatura en un juego de espejos, permitiéndole adquirir dimensiones insospechadas, posibilitando re-crear, bien sea aclarándolas o contribuyendo a aumentar su oscuridad, deformándolas para iluminar o confundir a quien se asomará luego a mirar, las ideas de aquel o de aquellos escritores sobre cuya obra se ensaya.

 Quienes miran, igual a Narciso quedan inexorable e inevitablemente atrapados por siempre en esas aguas, tinte de lo real imaginario. La escritura, anverso de la lectura y viceversa. Leer, escribir: Dos caras de un mismo cristal. Mirar y dejarse mirar a través de sus obras, en eso podría traducirse el oficio de los artistas de la palabra tras dar rienda suelta a su génesis creativa vertiéndola en la desértica blancura. En esta oportunidad Gabriel Jiménez Emán acude a su palabra, al conjurarla posibilita nuestro asomo, nuestro goce, y nos muestra, recreándolas nuestra lectura, las imágenes capturadas, atrapadas en su Espejo de Tinta, reflejo de su personal y particular visión de la literatura universal, latinoamericana y venezolana.