En busca de la palabra extraviada
¿Es posible reducir la historia del hombre, cualquier hombre añadiríamos, a las relaciones entre las palabras y el pensamiento? Reduccionismo no tan evidente si en lo siguiente concordamos: dada nuestra condición de animales sociales, la existencia humana, plétora de avatares y miserias, aunque siempre mediada por esas relaciones, va más allá de ellas o de un mero mecanicismo o lógica lingüística. Además, si todo período de crisis se inicia o coincide con una crítica del lenguaje, la reflexión de Octavio Paz fácilmente podría revelarnos y sintetizar cualquier crisis personal (personalísima) cuya expresión particular dará pie para la crítica, más que al idioma (su idioma), a la palabra de quien establece las relaciones entre esos vocablos y su propio pensamiento. Independiente del estilo o de cualquier estética, al verter sus ideas o reflexiones en un escrito, resalta en esa singularidad lingüística suya su personal manera de ser en el mundo. Si el ser se exterioriza de una sola manera (se es solo una vez) entonces su manifestación obedece a una construcción, quizás el despliegue de una forma de sentir y pensar amalgamados, reunidos en un solo cuerpo, quien, al padecer o gozar, a su vez lo vierte en otro cuerpo: el de la escritura.
Escritura extendiendo su cuerpo línea a línea sobre la página en blanco, mediada por el itinerario, derrotero nunca pre-establecido cuyo destino final, también ignoto, sólo será develado al adentrarse en la espesura del lenguaje y, tras someter su espíritu a las veleidades de la palabra, arriesgarse a hundir no sólo la mano en ese lodo donde aguarda el misterio, lo desconocido, esa nada no conocida mediante palabra alguna y a riesgo de perder la cordura verter una confesión, aunque solo sea producto de un sentir desquiciado. Expresada bajo el influjo de una palabra desquiciante el autor de Extravíos Confesos narra su experiencia al enfrentar el daemon escondido en la espesura gramatical: independiente de las vivencias personales, leit motiv de esta obra, nos muestra la perpetua alucinación engendrada por la ilusión de poseerlo, anhelo siempre por cumplirse, nunca satisfecho: ser dueños de nuestro “libre albedrio”. La palabra, siempre caprichosa, a veces sórdida, nada ilusa, lo incuba y engendra, continuamente lo fortalece; refuerza el engaño la fuerza de cada sonido arrojado, desprendido desde nuestra única fortaleza: la garganta. Allí, la oscuridad de esa suave cavidad resguarda el cofre, la caja de caudales de los vocablos, cuyo brillo, al relumbrar nos alumbra encandilándonos, así sea al emitirse, en desmedro del habla, apenas un alarido, un susurro o un desesperado balbuceo: aunque no estemos conscientes de ello siempre nos conducirá al extravío. Extraviados, balbuceantes, vaciamos (sin lograr vaciarnos) nuestros deseos inmediatos. Ipso facto volvemos a sentir la insidia de otros o de los mismos deseos fortaleciendo nuestros desvaríos. Convertidos en sus esclavos vivimos sometidos al perenne martillar del clavo de su dialéctica: la insatisfacción. Siendo ahí ilusos, incubándola, existimos entubados: perdidos en el tubo infinito de la palabra.
En esa búsqueda incesante e indetenible la palabra, extraviada, acecha, tiende su trampa, gracias a ella vivimos en un continuo extravío. No existe mayor celada posible: hacernos creer en la posibilidad de asir lo inasible mediante los significados. Su infinitud perpetua subsume cualquier estafa, engaño o emboscada sea ilusoria, verdadera o insignificante. Obnubilados, atrapados por esa ilusión, encerrados en ella, su ilimitada extensión nos territorializa convirtiéndose en prisión, nuestra prisión. ¡Prisioneros per se continuamos tras ella! Presos de los deseos, aferrados a las rejas de nuestra sintiente, deseante envoltura, en la prisión construida con las puertas cerradas (a veces) o abiertas (otras veces) de la palabra, allí, en ese extravío perpetuo, yacemos desde el comienzo de nuestro itinerario existencial.