Coartadas Imperiales

 

Puestas al trasluz de la comparación, son escasas las iniciativas dedicadas a servir de contrapeso a los poderes imperiales y a sus segundones cuando se enfrenta una continuada agresión que hoy cuenta, intentando por supuesto desmemoriarse y desmemoriarnos en su largo, tortuoso y sangriento transcurso, al menos cinco siglos si hacemos caso a nuestra desmemoriada memoria. En referencia a obras escritas, superpuestas a lo político y a la política, estas iniciativas tienden a convertirse en avis rara. La academia, cualquier academia, neoliberal o socialista, de izquierda o de derecha, nos ha enseñado a analizar, estudiar, interpretar y “comprender” una serie de “fenómenos históricos”… corrijamos: nos ha habituado, programando nuestras mentes, a encontrarnos con ellos y utilizar variados mecanismos para justificar y aceptar dócilmente dichas agresiones al presentárnoslas bajo el disfraz de fenómenos históricos: actos de depredación, de exterminio, en sí mismos antropofagia híper elaborada. Así, pocos escritores, académicos o no, esgrimen su pluma en sentido contrario: más allá de lo poético, narrativo, en fin, de una estética de la desgracia, sin importar posibles riesgos, pertrechados nada más de su sentido ético y siempre apegados a él, denuncian sin cortapisas lo que nos sucede y ha venido sucediendo desde esos tiempos aún no tan lejanos, y que por esa cercanía aun fresca de las huellas de sus felonías siempre los malhechores han intentado no podamos y evitemos recordar interponiendo nebulosas donde residen la mentira y la falsificación histórica. Dando un valiente paso al frente y empleando herramientas concretas, María Alejandra Díaz desarrolla una formidable esgrima de la palabra, y traza, cortando el velo de la ignorancia y la estupidez, una línea temporal que vincula el desarrollo de un capitalismo temprano, envejecido y obligado a un pragmático olvido con su fase superior (imperialismo): el mundo, ya repartido territorialmente de forma completa y concreta entre potencias que a toda costa desplazan y someten pueblos y naciones, donde la jerarquía de cada uno de esos actores imperiales se establece según su fuerza (política, ideológica, religiosa, militar, científica, tecnológica) y según el capital que poseen, hoy es testigo y victima a la vez de una crisis, caracterizada por la capacidad y voluntad capitalista para emplear justamente todos los miembros de la sociedad, al convertirlos en insumos del molino donde la voracidad del crecimiento exponencial y su impostergable necesidad de acumulación lo lleva a mutar a fuerza de coartadas erróneas o falsas hacia fases de capitalismo más despiadadas con lo humano, tocándole esta vez el turno a la expoliación, mientras en la trastienda preparan el atuendo de la fase caracterizada por el exterminio de lo humano, va dejando de gatear, da sus primeros pasos.

Voz del pueblo como siempre, María Alejandra Díaz logra hacerse con evidencia concreta para describir esta mutación y enfatizar la verdad de una geopolítica multifocal, que intenta conservar entre sus puntos de apoyo a nuestra República Bolivariana de Venezuela, blanco final, específico, resistente y tal vez único en su potencia de truncar la narrativa de la historia que el enemigo formaliza por adelantado desde su propio e interesado trazo. Coartadas Imperiales pone al alcance del lector un proceso visiblemente invisible, previamente diluido en un océano de pequeñas confusiones, de datos inarticulados que parecen dejar sin voz a las naciones, que nos convencen de entregarnos cual mansos corderos a lo inevitable, al plan, a la agenda, al proyecto de alguien más, de asentir silenciosamente ante las formas presentes y futuras del esclavismo y, finalmente, de la negación de lo humano. Si existe un modo de categorizar esta iniciativa, ha de ser la de emblema de una sociología del porvenir, algo inaudito para estas academias, una estocada a la intelectualidad, sin distinción alguna de su filiación ideológica.

Estas líneas más que un prólogo son una invitación a leer con detenimiento, a reagrupar ideas, vincular e interpretar lo conocido de forma coherentemente valiente y, sobre todo responsable, se estima así porque el pueblo tiene un deber histórico ineludible: defenderse y ser soberano. Es menester que esto suceda, para ello el inicio es la lectura y el estudio; este trabajo es requisito, necesidad, deber de humanidad: lo qué está en juego más allá de los recursos, el suelo y el territorio, es lo humano, amenazado por intentos, colindantes con lo demoniaco, de su cese total, por el despojo de esa condición humana dentro de cada uno de nuestros cuerpos. ¿Cuánto tiempo más nos tomará liberarnos? ¿Por cuáles medios? ¿Disponemos de más tiempo? ¿De qué procuramos liberarnos? ¿Cuánto más continuaremos siendo cómplices silenciosos, conscientes o no, de nuestra extinción en tanto nación, patria y especie? Ha llegado el momento de hacer a un lado sueños y utopías artificiales y formular expresiones coherentes de nuestro propio ser, ese que tantas batallas y tanto sacrificio ha costado esbozar, ya es tiempo de dejar de existir escindidos, de abandonar nuestro desquicie, nuestra alienación, llegó el instante de completarnos, sí, de completarnos individual y colectivamente, y asimismo consolidar nuestra individualidad y en consecuencia nuestras colectividades. El primer paso, sin duda alguna, está en mirar la evidencia; el deber histórico empieza a satisfacerse aceptando esta invitación.