PRELUDIO PARA UN PANDÉMICO
Yo quisiera estar entre vacías tinieblas,
porque el mundo lastima cruelmente mis sentidos
y la vida me aflige,
impertinente amada que me cuenta amarguras.
LA TORRE DE TIMÓN, PRELUDIO
J. A. Ramos Sucre
Desnaturalizados tras la caída, conscientes o no de serlo, extraños a nuestra propia naturaleza, el desarraigo, largo y tortuoso camino por donde el milenario Capitalismo ha conducido a la Humanidad, además de lastrarnos estarce en nuestras individuales humanidades su máxima expresión de crueldad y violencia por intermedio del trabajo, primero esclavo luego asalariado, al final, tras continuos trueques e intercambios, ocurridos a lo largo de esa vía, “desde la casa” nos convertiría definitivamente (recordar la Vía Salaria) en esclavos… de ese salario, del consumismo y del interés, compuesto o en proceso de descomposición. A todos, su signo, lastre y yugo a la vez, siempre hace doblar las espaldas. Por alguna razón el yunque donde forjamos las palabras, nos remite hasta el origen latino del vocablo trabajar: Tripaliare proveniente de tripalium (tres palos), yugo hecho con tres (tri) palos (palus) en los cuales amarraban a los esclavos. La relación real de trabajo con Tripalium no es de “pegar” sino de “sufrir”. Se aplicaba a cualquier actividad productora de dolor en el cuerpo humano. Según la etimología cuando se inventó esta palabra la mayoría de la población trabajaba en el campo realizando esfuerzo físico, haciéndoles sentir como si hubieran sido apaleados. El hecho referido demuestra la consistente persistencia de las palabras bíblicas de Génesis 3:19, quizás en ellas pudieran extraerse los genes del Capitalismo: Te ganarás el pan con el sudor de tu frente hasta que vuelvas a la misma tierra de la que fuiste sacado, porque polvo eres y al polvo volverás, sentencia estrechamente relacionada con la conocida expresión popular pasar trabajo, seguramente en algún instante del recorrido, a cada quien las vicisitudes de su personal, quizás trabajosa existencia, añadidas a ese peso contribuirán a lastrar aún más el andar, y si debido a circunstancias no sujetas ni controladas por la razón, ese lastre pudiera permitirle sentir su naufragio existencial, asaltándole la sensación de hundirse en sus personales vivencias, podría también hacerle percibir el sentido de lo insignificante. Sí, así de insignificantes, caídos, carentes de empatía, sin ninguna simpatía hacia las otras, ni afinidad hacia su misma especie, con mayor sinrazón alejados, ademas de extraños a ella, carentes de arraigo por ese ser vivo, incapaces de extrañar la bondad inconmensurable de su amoroso vientre, pese a todos nuestros maltratos estoicamente silente, sufriente mundo ambiente por causa de la indolencia entrañada en tal comportamiento, nos refugiamos en el egoísmo, pobreza de individuales egocentrismos, orgullosos de nuestras hazañas, producto de quebradizas excentricidades, al realizarlas también realzamos lo efímero de esas inútiles creaturas, intento fútil de llenar nuestra vaciedad espiritual con endebles construcciones, por muy fuertes y duraderas siempre frágiles, y así, olvidadizos olvidamos la única, autentica y perenne condición: formamos parte de un Todo infinito y de él apenas somos infinitesimales partículas. Quizás a lo sumo nuestras vidas apenas pudieran ser comparadas con el trayecto comprendido entre el desprendimiento de la hoja de un árbol y su vuelta a la tierra tras una bamboleante, azarienta e indeterminable caída. Sí, así de igual a cualquier engreído Homo Sapiens, caída, meciéndose en la suave levedad del viento en medio del bosque, el suelo la recibirá para confundirse con él, fundiéndose con él. Eso somos, partículas cayendo en cada instante, volviéndonos polvo tras volver al polvo, cada vida humana, apenas un particular, leve soplo en la infinitud del Universo. A pesar de nuestro olvido y los malos tratos, esa amante madre siempre pródiga de sus dones, sin quejarse ni un instante, amorosamente hoy cobija y acoge en su seno, no sólo millones de millones de hojas, árboles, también miles de millones de seres humanos, de ellos ¿Cuántos caen cada día? ¿Cientos, Miles, Millones? No importa la respuesta. Todos, tarde o temprano, sembrados aun sin estarlo, volveremos a la tierra. El amoroso suelo espera por nosotros. ¿Lo importante? Siempre a su ritmo la existencia continua. Excepto los Homo Sapiens, todas las criaturas de la natura con ella conviven y en ella conviven armoniosamente, así cada día caigan miles, millones de ellos, hojas o árboles, en perfecta sincronía también nacerán miles, millones de cada uno de ellos. Esa plétora, maravilla de la vida y de la muerte permite comprender lo simultáneo de la multiplicidad. En eso consiste el maravilloso milagro. Dialéctica de la existencia, breve trayecto comprendido entre dos palabras: nacer y morir. A ese recorrido los seres vivos estamos sometidos, todos están obligados a recorrerlo, incluso las piedras con su corazón de piedra. Ese es el destino, todos deben cumplirlo, en ese cumplimiento se debate el equilibrio del mundo ambiente y ¿por qué no? del Universo. Todas las criaturas lo cumplen de manera natural menos nuestra especie. Enajenados, creyéndonos superiores y extraños nos hemos dado a la tarea de destruir el único refugio, incluso destruyéndonos entre nosotros mismos, alterando la nuestra alteramos el ritmo de la otra naturaleza, sinrazón para refugiarnos en la insensibilidad, proclives a haber abusado inmisericordemente durante milenios de su calurosa generosidad al sentirnos superiores, desentendidos de los estragos, daños infringidos a las demás especies y a ella; animales, vegetales o minerales (también son seres vivos) por causa de nuestra malévola conducta en peligro de desaparecer, en vías de convertir la malamente llamada “Casa de Todos”, en inmenso erial o gigantesco desierto, ignorantes de estar haciéndonos daño también. Desde un tiempo para acá los últimos avatares planetarios, signados por un cambio drástico en nuestras cotidianidades y la pérdida de millones de vidas humanas, a muchos ciudadanos del mundo han hecho voltear la vista hacia atrás en un intento, inútil por cierto, de obtener, al intentar extraerla de nuestros recuerdos y retenerla en nuestra memoria, una imagen, una visión, instantánea retrospectiva de ese mundo tan cercano a nosotros, aunque muy a pesar nuestro percibido de manera semejante cuando discernimos sobre la septentrional Hyper Boreia: tan distante en el tiempo tras irrumpir en nuestras vidas un indeseable y no convidado huésped, tal si fuera la encarnación terrestre de una maligna deidad invasora de hogares, destructor de nuestra vida corriente. Acostumbrados a sentirnos dueños y amos de la existencia, desde esos días aún no tan lejanos en el tiempo hemos sentido deslizar bajo nuestros pies la superficie donde anclada a ella, creyéndonos dueños y señores del mundo también, ufanos de éxitos y logros materiales, transcurrían nuestras orgullosas existencias, ahora apenas logramos trastabillar, resbalantes sobre una movediza superficie. Sintiendo haber perdido nuestra racional “capacidad” de control y dominio percibimos cómo, afectados por el indeseable visitante, escapan de la vida cientos de miles de congéneres, tal vez mañana sean decenas o cientos de millones los fenecidos por causa de esta última “pandemia”.